«Kilómetro 55, estadero Orquídeas». Esas fueron las indicaciones que recibió Leticia. La cita fue acordada por Valerio, el trabajador de la ruta de camiones que días atrás la había llamado. Según él, Gerardo no quería tener problemas con su mujer ni con sus hijos y por esto no quiso compartirle a Leticia su número de teléfono, ni una foto, ni un mensaje. «Mija. Tenga paciencia que él también la quiere ver, por eso está haciendo el esfuercito». Recordar esas palabras hacía que las manos de Leticia se pusieran más frías y se volviera insoportable la espera en aquel apartado lugar.

Cada vez que un camión se estacionaba frente al estadero, Leticia sentía que su respiración se cortaba y entonces se quedaba quieta, viendo de reojo a quien se bajaba, hasta que aquella silueta se desviaba al encuentro con otras personas o se sentaba en otra mesa. Ahí retomaba la respiración y miraba su celular. Ya había pasado una hora desde que estaba en el lugar. Leticia se acomodaba en una silla plástica, en otra, cambiaba de posición y cruzaba las piernas intentando aliviar un poco el dolor de espalda que siempre le producía el estrés.

Meses atrás, ella ya había viajado a Boyacá y recorrido ese pueblo de calles empinadas, buscando información sobre Gerardo, confiando en la intuición, porque ese anhelado hombre, para ella, siempre había sido un ser sin rostro y sin voz y ahora quería conocerlo. Desde hace dos años, cuando se había enterado de la verdad, venía construyendo la imagen de él apoyada en descripciones de amigos y familiares que había logrado localizar, por esto, sabía que Gerardo no era tan alto, que él y ella tenían la misma sonrisa, que él tenía manos grandes y que trabajaba la ruta 425. Pese a sus esfuerzos no obtuvo ni una foto de él, ni un dato preciso que le permitiera localizarlo y tuvo que conformarse con el número telefónico de Valerio, quien prometió ayudarla más adelante.

Con media hora más de espera en aquel estadero, la duda comenzó a invadirla. No sabía si Gerardo llegaría por el sur o por el norte o si finalmente asistiría. Era la primera vez que viajaba sola. Estaba a cientos de kilómetros de su ciudad a punto de vivir el momento que había imaginado por mucho tiempo, pero tenía miedo. Aún podría regresar a casa y olvidarse de la cita que seguramente Gerardo había pasado por alto.

Además, se sentía ridícula esperando algo que no iba a suceder. Prometió que se iría de allí cuando fueran las diez. Ya se estaba poniendo de pie, cuando un camión destartalado se estacionó levantando el polvo del parqueadero. De aquel camión se bajó un hombre con sombrero, que luego de divisar el lugar, se acercó presuroso a la mesa de Leticia.

Ahora ella respiraba muy rápido y tenía las mejillas sonrojadas. Agarró el celular para escribirle a su mamá y huir de la situación, pero aquel hombre, que la reconoció desde la entrada, ya estaba frente a ella quitándose el sombrero. Leticia entendió que no había vuelta atrás.

—Mucho gusto, Gerardo Vásquez —dijo mientras su mano estrechaba con fuerza la de Leticia.

—Buenas —respondió Leticia.

Gerardo hablaba rápido, tenía una voz gruesa y engolada. Emanaba un olor a perfume mentolado. Su piel era trigueña brillante y su rostro le parecía familiar a Leticia. Se sentaron. Él pidió un caldo de costilla, pan y chocolate. Ella solo quiso un café que se quedó frío sobre la mesa.

Hablaron durante hora y media. Leticia tenía bastantes preguntas, pero en ese momento sólo se le ocurrió escucharlo. Gerardo le contó de la época en que prestó servicio militar, de sus amores de juventud, de su familia actual y de cómo le iba en la ruta de camiones. Casi nunca la miró a los ojos. Debió ser porque le daba pena que Leticia viera de cerca sus avanzadas cataratas, en especial las del ojo izquierdo, por el que casi no veía nada. Pero eso era lo que menos le interesaba a ella. Leticia solo podía pensar que lo tenía ahí, aquel hombre del que le hablaba su madre con una mezcla de ilusión y rencor, era real. Pese a todo, Gerardo hablaba como si se conocieran de siempre, como si no se debieran esa conversación hace más de treinta años. Mientras él contaba con emoción el accidente que tuvo en la Línea, sorbía las últimas cucharadas de caldo frío y roía los huesos de la costilla que aún tenían rastros de manteca. Nunca hizo referencia a su ausencia ni se notó apenado por ello.

Leticia lo escuchaba y miraba los buses que pasaban veloces por la carretera. Ahora sentía calor en las manos y sonreía ante las ocurrencias de Gerardo. Veía en él ademanes de ella: su manera exagerada de contar las historias, las carcajadas estridentes. Mientras más escuchaba, menos preguntas tenía, además, ya sentía su espalda liviana y una alegría que no quería poner en palabras.

Antes de despedirse, Gerardo le prometió que la llevaría a conocer sus cultivos de uchuva, que le presentaría a sus viejos y que le enseñaría a manejar, pero «todo a su debido tiempo», que ya le haría saber con Valerio para verse de nuevo. Leticia asintió, se dieron un abrazo tímido y luego se quedó mirándolo mientras se subía de nuevo al camión. Cuando él arrancó, ella pasó al otro lado de la carretera y empezó a caminar en dirección contraria. Ninguno dijo que había sido un gusto conocerse, pero al parecer así fue. Para ella significó darle cuerpo y voz a ese ser que siempre intentó imaginar. Ella no sabía si Gerardo volvería a buscarla, pero tampoco le importaban esas promesas. Tal vez él llegaría a casa a darle un beso a su mujer, con esa boca aún grasienta. Luego, sin temor, abrazaría a sus hijos, a los que había visto crecer, a los que sí quería. Y después, se recostaría a tomar una siesta para no pensar en ella durante los próximos años. Leticia estaba segura de que nunca conocería a los abuelos ni recorrería aquellos cultivos de uchuva y que, pese a los lazos de sangre, esa familia jamás sería la suya. Entonces, mientras esperaba una flota que la llevara a su ciudad, Leticia se juró nunca más volverlo a buscar.

Liz Rátiva nació en Bogotá en 1990. Es psicóloga, actriz y escritora. Cofundadora del proyecto literario Dato Escondido. Autora del libro Rompieron los vidrios, una selección de cuentos inéditos. Finalista del Concurso Nacional de Poesía, Casa de Poesía Silva (2019) y una de las ganadoras en la categoría de Cuento del Concurso Nacional de Escritura: Colombia, Territorio de historias (2020). Autora de los cuentos «El Mar» y «Los Aviones», incluidos en la Antología Mapas para Extraviarse (2019). Ha participado en talleres de escritura creativa, poesía y literatura organizados por el IDARTES y la Red Relata. Actualmente trabaja como Artista Comunitaria en el proyecto NIDOS, del Instituto Distrital de las Artes en Bogotá.